El exceso de calor hace mella en nuestra capacidad de razonamiento. Cada tarde que me siento en la silla frente a una pila inmesa de lecturas lo verifico. A 20º nuestro intelecto se encuentra en su momento álgido, debatiéndose entre la exquisited de las temperaturas y el deseo de concentración. Y si el cielo está despejado y brilla el sol, mejor que mejor. Pero a 35º la cosa cambia. Si los helados se derriten al mínimo contacto con el aire sofocante no quiero ni pensar en lo que estará pasándole a mi cerebro. Efervescencia en estado puro. Psicosis repentinas y ganas de llorar esperando a que el Red Bull haga efecto. Son las tardes de mediados de agosto. Tan deseadas en nuestro calendario, y tan diferentes a como las habíamos planteado. Resignación, agua fría y unas dosis de tranquilizantes y a seguir adelante.
martes, 16 de agosto de 2011
lunes, 8 de agosto de 2011
Levantarse de una tarde entregada a la cama. Tres horas de siesta, legañas en los ojos y la boca seca. Pide a gritos un vaso con hielos. Huele a alcohol medicinal. Una ducha exprés amenizada por tu rapero casero favorito. El placer de vestirse con toda la tranquilidad del mundo. Bajar las empinadas calles de tu pueblo para llegar a la peña con la asensación de ir ciega perdida. Llegar. Servirse una copa directamente de la nevera portátil. Beber. Beber. Burcarle. Beber. Recargar. Tener un romance de lo más apasionado con el cachi del vecino de enfrente. Imaginárselo todo. O que se lo cuenten. Le da lo mismo. Beber. Pelearse con su vecino -exactamente el mismo de hace una hora- porque se ha colado en el puesto de los bocadillos y les va a dejar a Marina y a ella la salsa brava en lugar de ketchup. Salsa brava y ketchup por encima. Patatas-bomba. Risas.
Bermillo de Sayago. Y vosotros.
martes, 2 de agosto de 2011
- Deme una sola razón para aceptar su invitación.
- Una sola razón... Dios mío... qué difícil.
Lo miro, divertida.
Y entonces, sin avisarme, me coge la mano:
- Me parece que he encontrado una razón más o menos buena...
Me pasa la mano por su mejilla mal afeitada.
- Una sola razón. Aquí tiene: diga que sí, para que tenga la oportunidad de afeitarme... Sinceramente, me parece que gano mucho cuando estoy afeitado.
- Una sola razón... Dios mío... qué difícil.
Lo miro, divertida.
Y entonces, sin avisarme, me coge la mano:
- Me parece que he encontrado una razón más o menos buena...
Me pasa la mano por su mejilla mal afeitada.
- Una sola razón. Aquí tiene: diga que sí, para que tenga la oportunidad de afeitarme... Sinceramente, me parece que gano mucho cuando estoy afeitado.
Quisiera que alguien me esperara en algún lugar
Anna Gavalda
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